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Nos parecía mal que Lamine ganara el Balón de Oro
Qué es el fútbol si no un sitio donde refugiarnos. Un lugar único donde ser felices cuando todo dios nos empuja a no serlo, a estar amargados, a envidiar vidas que nunca serán las nuestras. Lamine Yamal no pudo ganar el Balón de Oro siendo un crío de 18 años con hierros, un pantalón ‘oversize’, y una sonrisa donde los de…

Qué es el fútbol si no un sitio donde refugiarnos. Un lugar único donde ser felices cuando todo dios nos empuja a no serlo, a estar amargados, a envidiar vidas que nunca serán las nuestras. Lamine Yamal no pudo ganar el Balón de Oro siendo un crío de 18 años con hierros, un pantalón ‘oversize’, y una sonrisa donde los de siempre advierten el amanecer de la decrepitud y el vicio. Claro, es hijo de la inmigración y del extrarradio. Los juicios a la gente de la calle son siempre más sencillos. Imaginen si son de Rocafonda.
Nos parecía mal que Lamine ganara el Balón de Oro. Qué barbaridad. Menudo ejemplo para nuestros hijos. Y que se vaya de fiesta y se enrolle con artistas, folclóricas o ‘influencers’ que le sacan un pico. Y que invite a la gala a 25 personas, incluida la abuela, que pisó la alfombra roja de París cogida del brazo del patriarca, Hustle Hard, el terror ‘rapero’ de la zona alta de Barcelona. Todo está mal en Lamine. Porque celebrar los goles con una corona está mal visto, menudo ego; y lo correcto, al parecer, sería dar un salto y un berrido, como siempre, que así uno parece más civilizado.
Prueben a hacer un ejercicio la próxima vez que salga Lamine Yamal en la conversación. ¿Hablarán de cómo juega? ¿De cómo se desliza, como si formara parte de un plano secuencia sin fin? ¿De asistencias con el exterior nunca antes vistas? ¿De su capacidad innata para influir en los partidos mediante una finta y un quiebro? ¿O de ese golpeo desde la frontal que los porteros han aprendido a temer antes que los analistas? En definitiva, ¿hablarán de lo bueno que es? ¿O del presunto riesgo que corre el chico si no le corrigen su comportamiento de adolescente fuera del campo? El demonio, por la noche, es cuando más y mejor mira. Los vigilantes de balcón y visillo armados con el teléfono móvil.
Ronaldinho, que fue quien le dio el Balón de Oro a un Ousmane Dembélé que siempre desfiló entre la grandeza y el drama, también ganó el premio. Él tenía 25 años, y ya había logrado una Champions y un Mundial con Brasil. Montaba fiestas en su rancho donde invitaba a sus colegas para beber, bailar, retozar y jugar a fútbol en un campo donde él corría descalzo y contento. Y con todo hecho, respondió rodando cuesta abajo y sin frenos. Escondiéndose detrás de máscaras, metiendo tripa, deambulando por un deporte que ya le aborrecía, hasta convertirse en ese ser fantasmagórico de gafas de sol, con un aire a Marc Anthony, y que acude ahora donde mejor le pagan.
Nos hemos acostumbrado en las últimas semanas a la comparación porque necesitamos donde apoyarnos para tener razón. Como si mirar atrás fuera la única manera de entender un presente que no comprendemos.
No estaría de más dejar claro que Ronaldinho fue un héroe generacional que hizo posible algo difícil y demasiado preciado: que su fútbol forme parte del recuerdo de nuestras vidas. Como ocurre y ocurrirá con Lamine, sea del tamaño que sea su vitrina. Quizá sea el momento de dejar de pensar que un futbolista excepcional tiene que ser perfecto, durar más de 20 años como Messi o Cristiano y ser un ejemplo -a saber de qué- para quienes les admiran.
Lamine no ganó el Balón de Oro. Ya lo hará. Mientras, los guardianes de la moral podrán respirar aliviados.
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