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No llores por mí, argentino; por Carme Barceló
Con la edad nos volvemos más nostálgicos, cierto. Recordar, revivir y rememorar son verbos que conjugamos a diario mientras convivimos con una realidad tozuda que nos coloca irremediablemente en el presente. Y esta reflexión me acompaña en clave Messi’ desde hace unas semanas, incluso desde antes que el jugador visitara el Camp Nou con nocturnidad y sin alevosía. El nombre del…

Con la edad nos volvemos más nostálgicos, cierto. Recordar, revivir y rememorar son verbos que conjugamos a diario mientras convivimos con una realidad tozuda que nos coloca irremediablemente en el presente. Y esta reflexión me acompaña en ‘clave Messi’ desde hace unas semanas, incluso desde antes que el jugador visitara el Camp Nou con nocturnidad y sin alevosía. El nombre del mejor jugador de fútbol de la historia se usa, se magnifica y se ensucia en función de los intereses de unos y otros. Lo de siempre en campaña preelectoral, pero con el añadido de la implicación emocional del protagonista accediendo al estadio en el que creció y se multiplicó.
Cuando la herida de su marcha -el qué y, sobre todo, el cómo- difícil de cicatrizar pero con la costra ya hecha, el aterrizaje de Messi en Barcelona la hizo saltar. Recordar, revivir y rememorar. Los goles, las imágenes icónicas como la de la camiseta al cielo del Bernabéu y los cientos de abrazos con otros tantos compañeros removieron las almas culers. Y las lágrimas. Siempre las lágrimas. Las que brotaron sin consuelo en aquella rueda de prensa de infausto recuerdo en la que se consumó la tragedia del adiós.
Tiempo ha pasado y en la memoria colectiva sigue viva la imagen de lo increíble pero cierto. Años después y gracias al premio que le concedió el diario Sport en la Gala Valores del Deporte, volvimos a ver a Messi al borde de las lágrimas. Esta vez recibió un galardón tan inusual para él que le removió. El de la afición. El de su gente. Los que salen en la foto siempre como anónimos. Los que no le utilizan. Los que, con la nostalgia que visten los años y los kilómetros de distancia, se convierten en casa. Leo ya no lee entre líneas. Escribe su historia como la siente y como le da la gana. Que, como tantas otras cosas, se lo ha ganado.
El argentino que ahora llora, ¿a cuantos hizo llorar? Aunque el refrán asegure que no hay mal que cien años dure, perder al tipo que ha bautizado a miles de criaturas con su nombre es historia. La de cada uno de ellos y la de un club que debe reescribir su final.
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