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Martí Olivella: «Cuando Estados Unidos no tenga la hegemonía, habrá otro juicio como los de Núremberg»
Martí Olivella i Solé es un veterano del activismo en contra de la violencia armada. No le gusta en exceso que se prejuzgue lo que propone en su nuevo libro, ‘Abolir la Guerra!’ (Montaber Editorial), como una receta para la inacción y la concordia forzada, sino como una estrategia de resistencia no violenta contra la injusticia que, para sorpresa de muchos,…
Martí Olivella i Solé es un veterano del activismo en contra de la violencia armada. No le gusta en exceso que se prejuzgue lo que propone en su nuevo libro, ‘¡Abolir la Guerra!’ (Montaber Editorial), como una receta para la inacción y la concordia forzada, sino como una estrategia de resistencia no violenta contra la injusticia que, para sorpresa de muchos, no deja de ser ni confrontativa ni eficaz. Perteneció a uno de los primeros grupos que se objetaron al servicio militar obligatorio, y eso le costó su libertad: 5 meses encerrado en el Castell de Figueres que se saldaron con la amnistía de 1977 en el telón de fondo de la Transición. Su acción, junto a la de otros pioneros, sentó un precedente que resultó en una gran victoria de la resistencia no violenta: Un millón de objetores y 50.000 insumisos que provocaron que en 2001 se terminase el servicio militar obligatorio.
El libro empieza con el concepto de ‘Satyagraha’, la fuerza de la verdad de Gandhi. ¿Por qué excluye necesariamente el uso de la violencia?
Porque nadie tiene la verdad absoluta. Gandhi decía que, si no tienes esa verdad absoluta, no puedes matar en su nombre. De ahí se deriva la necesidad de recurrir primero al diálogo, después a la denuncia, la no cooperación, la desobediencia y la creación de alternativas. Ese es el núcleo de la estrategia no violenta. No se trata de rendirse, sino de evitar entrar en el círculo vicioso de la violencia y la carrera armamentística, que siempre termina en guerra.
¿Qué diferencia hay entre un ejército convencional y lo que usted llama un «ejército de la paz»?
El ejército convencional son fuerzas armadas letales: se basan en la capacidad de destrucción. En cambio, un ejército de la paz no niega el derecho de los pueblos a defenderse, pero plantea hacerlo sin matar. La disuasión no se basa en destruir al otro, sino en la capacidad de no cooperar y de desobedecer, de manera que el agresor no obtenga nada.
Morir matando o morir sin matar. ¿Qué es más valiente?
Existe el mito de que defenderse con armas es más valiente. Pero la historia desmiente eso. La verdadera valentía es sobrevivir sin provocar más dolor ni muerte. Las guerras justas, que solo deberían hacerse si evitan más daños de los que provocan, hoy son imposibles: todas se basan en mentiras y desproporción.
¿E inteligente?
Debemos tener en cuenta que si las guerras hubieran sido eficaces, ya no existirían. Al contrario: seguimos en el mismo círculo de destrucción con una potencia aún mayor. Por eso digo que seremos no violentos o no seremos.
¿Un Estado debe tener ejército? ¿Cómo podría defenderse Ucrania sin armas?
Todo conflicto tiene antecedentes. Los Acuerdos de Minsk, por ejemplo, nunca se respetaron. La primera disuasión es no preparar la guerra. Pero, al igual que una defensa armada requiere preparación, también la no violenta. En los primeros días de invasión, muchos ucranianos se plantaron frente a los tanques y eso frenó el avance, como en Checoslovaquia en 1968. Pero cuando entra en juego la respuesta armada, se activa el ciclo del odio y ya no es posible. La prevención de un fuego, como vemos estos días, siempre es más importante que la extinción. Si bien no es justificable la invasión.

Martí Olivella, activista y autor del libro ‘¡Abolir la guerra!’. / MARC ASENSIO CLUPES
Usted también habla de la importancia del tejido asociativo y del sentimiento de pertenencia. ¿Por qué son claves?
Porque la defensa no violenta no se basa en dinero ni armas, sino en la gente, en su organización e inteligencia. Un capital social fuerte es la base para una defensa civil capaz de responder a catástrofes naturales o a ocupaciones.
Stokely Carmichael, fundador de las Panteras Negras, decía que puedes tener paz y estar esclavizado, es decir, que la paz no es sinónimo de liberación, tampoco de justicia. Me vienen a la cabeza las dos intifadas, por ejemplo.
Hay conflictos simétricos y asimétricos. El derecho a defenderse es fundamental, pero eso no implica entrar en la espiral de violencia. Cuando un movimiento oprimido responde con armas, da excusas al agresor para aplastarlo. Queda, aunque no lo sea, como un terrorista a ojos del ocupante y del mundo. Gandhi demostró que es posible una liberación sin violencia, incluso contra el Imperio británico.
Un ejemplo actual sería el PKK, que ha abandonado las armas después de 40 años de lucha armada.
Eso muestra que la era de las guerrillas ha terminado: en el mundo tecnológico actual, la lucha armada depende de una tecnología inalcanzable para los pueblos oprimidos. En cambio, la lucha no violenta implica a toda la población, no solo a una élite armada.
¿Cómo explicaría a un adolescente de Gaza crecido bajo las bombas y la ocupación, o a una niña que vivió Srebrenica, que debe renunciar a la violencia?
Muchos supervivientes han creado movimientos no violentos porque entienden que el odio solo alarga los conflictos. En Palestina hay iniciativas de protección civil desarmada. Habría que multiplicarlas. La pasividad o la rendición no son opciones, pero tampoco lo es perpetuar el odio. Solo la vía no violenta ofrece una salida real.
En el libro defiende que la resistencia no violenta puede hacer que al agresor no le salga rentable económicamente. Pero ¿qué pasa en casos como Gaza, donde hay una lógica mesiánica detrás de la destrucción?
En casos de genocidio absoluto, es cierto que la no cooperación tiene límites. El libro tiene como supuesto un mundo en el que esto no podía pasar, una mínima formalidad para evitar un genocidio. En Gaza hay destrucción total y en Cisjordania cada día un poco más, pero la población mantiene el ‘sumud’, existir y persistir. Aunque parezca imposible, un genocidio total no se puede llevar a cabo. La verdad acaba emergiendo y la fuerza de los pueblos sobrevive. Aun así es una vergüenza y nuestros líderes son cómplices. Algún día, cuando Estados Unidos no tenga la hegemonía, se dará otro juicio como los de Núremberg.
¿Cree que la resistencia violenta tiene algún beneficio?
A corto plazo puede parecer que sí, pero a largo plazo deja un balance terrible. Las guerras de liberación han conseguido independencias, pero con costes humanos inmensos. Si comparamos con la India o los países bálticos, queda claro que la vía no violenta es mucho más efectiva.
¿Se merece Trump el Premio Nobel de la Paz?
No me haga reír. O llorar, vaya.
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