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Los poetas y la camiseta del Barça, por Juan Cruz

Hace mil años venía a mi casa a ver el fútbol Ángel González, el gran poeta que era a la vez ovetense, barcelonés, madrileño y norteamericano. Profesor en Alburquerque, Nuevo México, recalaba meses en cualquiera de esos lugares de España, pero sobre todo venía a Madrid, donde yo lo invitaba a ver el fútbol conmigo. En una de esas ocasiones, el…

Hace mil años venía a mi casa a ver el fútbol Ángel González, el gran poeta que era a la vez ovetense, barcelonés, madrileño y norteamericano. Profesor en Alburquerque, Nuevo México, recalaba meses en cualquiera de esos lugares de España, pero sobre todo venía a Madrid, donde yo lo invitaba a ver el fútbol conmigo. En una de esas ocasiones, el poeta vino acompañado de Julio Llamazares, poeta también, narrador que ahora, por cierto, publica en Alfaguara un libro bellísimo, El viaje de mi padre, sobre la guerra civil que llevó a su progenitor desde León al frente de Teruel.

Así que Ángel, que hoy sería centenario, vino con Julio y con un sobrino mío, Bernardo Marín, periodista como yo, madridista, que trajo bajo el brazo un regalo que esta noche pasada de las zozobras del Barça en Oviedo me trajeron a mal traer.

Robert Lewandowski celebra el 1-2 tras un cabezazo suyo.

Robert Lewandowski celebra el 1-2 tras un cabezazo suyo. / AFP7 vía Europa Press

Primero, lo que pasó entonces. Bernardo me trajo, para darme suerte o lo contrario, una camiseta del Barça, y yo me la puse. No sé si está escrito en algún sitio que las camisetas pueden dar mal fario si te las pones por primera vez ante aficionados contrarios a tu equipo, pero si eso fuera así yo no lo sabía. Y no sólo me la puse sino que dejé que mi sobrino nos retratara a Julio, a Ángel y a mi antes de que aquel encuentro tuviera lugar.

Derrotas memorables

Lo cierto es que el Barça, que esta vez en Oviedo iba con una indumentaria estrafalaria, se enfrentaba en el Camp Nou al equipo al que Ángel González quería y de pronto, después de que el Barça hiciera escaramuzas de campeón, el equipo asturiano desafió mi camiseta y se subió a las barbas azulgranas. Creo que aquel Barça que iba vestido de ganar perdió por la mínima: 3-4, un resultado que tengo en mi alma junto con otras derrotas que, por una razón u otra, siguen siendo memorables.

La primera vez que lloré por el fútbol fue cuando el Barça perdió la Copa de Europa ante el Benfica en Berna, hace otros miles de años. Esta vez no me vino el llanto, pero esta noche en que el Oviedo se enfrentaba al Barça, viniendo de la segunda división, no me puse (jamás he vuelto a ponérmela) camiseta alguna y me dispuse a ver el partido con la pasividad de los engreídos.

Hasta que el Oviedo marcó, un gol que parecía del Barça, y me vinieron al recuerdo todos los momentos de aquella derrota física y moral en Barcelona la noche en que Bernardo me trajo aquel regalo que reside en la parte más recóndita de las noches de mi cuarto.

Esta vez el Barça se fue imponiendo, igual que mi ánimo, que celebró como si fuera un regalo de reyes el gol precioso de Lewandovski, en ese momento el mejor delantero del mundo porque, al contrario de lo lo yo temía, salvó al Barça de una humillación inesperada.

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