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Lewandowski se despierta temprano, por Juan Cruz Ruiz

Hacía tiempo que no veía reír a Lewandowski como anoche. El compañero de Lamine hizo a lo largo del encuentro una especie de regreso a la era en la que él le reprochaba al más joven de los jugadores azulgranas que se equivocara en el pase. Seguir leyendo….

Hacía tiempo que no veía reír a Lewandowski como anoche. El compañero de Lamine hizo a lo largo del encuentro una especie de regreso a la era en la que él le reprochaba al más joven de los jugadores azulgranas que se equivocara en el pase.

Sobre todo, el polaco aireaba su veteranía cada vez que el muchacho, nuevo en todo y en la cancha, no le pasaba a él el balón que estaba en juego. Recuerdo uno de esos días como un momento peligroso en las relaciones entre el más veterano y el que entonces todavía era un niño en la cancha.

Recuerdo como si fuera esta noche que el más viejo de los azulgranas le dijo a Lamine que tuviera en cuenta la importancia que en el equipo tenía su majestad. Lamine lo miró como si estuviera ante una lección innecesaria y se fue haciendo a la tarde (o a la noche) como si estuviera purgando un pendiente.

Las cosas en su sitio

Nunca ocurrió eso de nuevo. Ignoro si fue el vestuario el que puso las cosas en su sitio, pero lo cierto es que poco a poco aquella dupla se fue juntando de tal manera que hoy, es decir, en la noche en que fue batido el Celta de Iago Aspas, los dos jugadores que son alfa y omega del Barça, se juntaron (otra vez: ya es habitual) para agradecerse uno al otro la identidad de juego que va con ellos a las canchas.

El lance fue completado, porque el Celta es más que un club, con muchas dificultades; cuando se vislumbró que vendría Aspas el barcelonismo tuvo que regenerar el aire de la garganta, porque aún el 2-3 amenazaba decaimiento, esa forma de melancolía que le está rompiendo el alma a los azulgranas de mi estirpe, o sea propensos a ver el porvenir anclado en aquella derrota ante el Benfica.

Pero aquí pasaron algunas cosas que no parecían del guion de la primera parte. Sobre todo, el Barça juntó sus fuerzas para dejar de ser el equipo descuidado y rendido de la primera mitad y empezar a jugar como cuando Lamine Yamal reaccionó como un artista y cuando su maestro de hace un año, y ahora compañero, decidió que para reír había que ser, de nuevo, eficaz, alegre, compañero de cancha y de futuro.

El resultado no fue tan solo una victoria, sino un abrazo entre jugadores de un equipo que se vio con la garganta en peligro y se puso a jugar como si todos fueran Lamine o Lewandowski. Como aficionado sufrí, sobre todo, cuando empezó a entrar en la cancha el capitán de todo en el Celta, pero cuando ya entró Aspas el mejor de los suyos se había rendido a la realidad de que el polaco esta vez se despertó temprano.

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