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Ha muerto. Es falta, por LLuís Carrasco

Con los años, llegas a la conclusión de que aceptar que el R. Madrid recibe ayudas arbitrales puede ser casi un triste acto de madurez. Como cuando descubres que los Reyes Magos son tus padres: duele dos minutos, pero luego entiendes por qué siempre traían más regalos a los hijos de cretinos adinerados que a los de los sufridos y tenaces…

Con los años, llegas a la conclusión de que aceptar que el R. Madrid recibe ayudas arbitrales puede ser casi un triste acto de madurez. Como cuando descubres que los Reyes Magos son tus padres: duele dos minutos, pero luego entiendes por qué siempre traían más regalos a los hijos de cretinos adinerados que a los de los sufridos y tenaces trabajadores. Asumirlo te permite vivir liberado y no esperar justicia, solo la confirmación del guion. Cada partido del Madrid es un déjà vu en bucle temporal donde la duda arbitral siempre cae del mismo lado. ¿Ventaja? Sabes qué pasará antes de que pase y que lo hará sin dolor. Tranquilidad absoluta. Sosiego.

La alternativa, claro, es no aceptarlo y cabrearte como una mona. Aferrarte a la fantasía de que los árbitros son neutrales, humanos y que el azar no tiene afinidad ni colores. Negarse es sexy y tiene su encanto: te mantiene vivo, indignado, alerta, y con ese tono humanista de quien cree en las personas. Protestar es una gimnasia emocional completísima: cuerdas vocales, tensión arterial y memoria histórica trabajan al 120%. Y además, quejarse tiene una ventaja moral: te permite conservar esa inocencia romántica, casi poética de quien todavía cree que el VAR se inventó para impartir justicia, no para justificar, que es bien distinto.

Aceptar o no aceptar. Los primeros viven más tranquilos, sí, pero como chimpancés instruidos y anestesiados. Los segundos viven enfadados pero lúcidos y vitales. Al final, cada uno escoge su estilo de supervivencia futbolística: resignación zen o indignación ilustrada.

Y ayer, tras ver cómo pateaban la cara de Iñaki Peña, va Carlos Martínez en Movistar, y nos intenta hacer creer que, ¡si el guardameta aún respira, no hay falta! Qué asco…

No se puede negar: el Madrid ha convertido el robo en un arte abstracto. Una pintura blanca sobre fondo y lienzo blanco. Y siempre, curiosamente, firmado por el mismo pintor: el fascismo. Porque sí. Porque lo aceptes o no lo hagas, la historia del fútbol en nuestro país, es eso: la historia del abuso y la vergüenza.

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