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El porsiaca’ del fútbol, por Marc Menchén

Hay veces en que el mayor riesgo para un club de fútbol no es el fracaso, sino el éxito. Especialmente cuando ese éxito llega de forma inesperada y se convierte en la base para planificar la siguiente temporada en términos económicos. Lo vemos cada año con los ascensos de categoría o las clasificaciones para competiciones europeas que nadie esperaba. Es un…

Hay veces en que el mayor riesgo para un club de fútbol no es el fracaso, sino el éxito. Especialmente cuando ese éxito llega de forma inesperada y se convierte en la base para planificar la siguiente temporada en términos económicos. Lo vemos cada año con los ascensos de categoría o las clasificaciones para competiciones europeas que nadie esperaba. Es un premio merecido, pero que en los despachos puede volverse una trampa si se asume que ese nuevo nivel competitivo —y sobre todo económico— ha llegado para quedarse. Que esos entre 10 millones y 50 millones extra volverán a estar ahí al año siguiente.

En las grandes ligas como la Premier League o LaLiga ya existen mecanismos como las ayudas al descenso, una especie de paracaídas financiero para que el golpe sea menos brusco cuando se pierde la categoría. Sin embargo, a nivel continental no hay red. La UEFA reparte importantes premios por competir en Champions League, Europa League o Conference League, pero no ofrece una solución similar a quien cae fuera de estas competiciones. Y eso implica que hay clubes que pasan de manejar presupuestos con decenas de millones adicionales, a tener que sobrevivir con la caja de siempre.

¿El problema? Que muchos planifican como si ese dinero europeo fuera a repetirse cada temporada. Lo vimos hace años con el Granada CF tras su aventura continental, o más recientemente con el Sevilla FC, que está reajustando su estructura a marchas forzadas después de un largo ciclo de bonanza en Europa. Ya ocurrió durante la pandemia, cuando el mercado de traspasos se congeló y dejó sin oxígeno a quienes vivían de vender talento confiando en que ese negocio no podía pararlo ni un virus global. El fútbol tiene memoria corta para la prudencia.

¿Hay solución? La hay, pero exige disciplina o redistribución, pues LaLiga cree que si el bote de UEFA reservara una mayor parte para los clubes que no van a Europa, esta situación sería menos dramática para quienes no son tan disciplinados. Un buen espejo son el COI o la FIFA, que planifican a cuatro años vista con los ingresos extraordinarios de los Juegos Olímpicos o el Mundial. Saben que ese dinero no se repite cada año, así que diseñan un presupuesto cuatrianual en el que las pérdidas de tres años se compensan con las ganancias de uno. Algunos clubes ya aplican esta lógica: cuando logran un hito deportivo, elevan su masa salarial solo de forma contenida y buscan inversiones que puedan sostenerse sin Champions o ascensos.

Porque la ambición es legítima. Pero cuando se convierte en presupuestaria, debe ir acompañada de cabeza fría. Porque en el fútbol, si no se planifica, el éxito puede acabar saliendo muy caro.

El riesgo de la OTT

La Ligue 1 ha logrado un pequeño hito con su OTT: más de un millón de suscriptores, pero sólo 158 millones de euros ingresados si son planes anuales. Sí, casi el doble de lo que se habían marcado como meta, pero menos de la mitad de lo que debía percibir con DAZN y un tercio de lo que salvó en el anterior ciclo. Y es que estos datos también recuerdan lo compleja que puede ser la transición de un modelo donde el riesgo lo asumían las telecos, a otro donde la relación directa con el aficionado es clave.

El campeón se llevará 30,1 millones -incluso menos que el peor pagado de LaLiga EA Sports-, pero el colista apenas 3,7 millones de euros. En Ligue 2, la horquilla es aún más estrecha. Y aunque hay ingresos extra por sublicencias con Dazn, Orange o Prime Video, la ausencia de Canal+ evidencia heridas abiertas tras la mala gestión que se hizo durante la pandemia.

El caso del Angers lo resume todo: esperaba 19 millones, recibirá 3 millones. Vender jugadores se ha vuelto la única vía para equilibrar cuentas. La tecnología permite avanzar, pero sin una base sólida de negocio, no hay milagros.

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