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El don de la alegría

Es posible que el espíritu de Lionel Messi se haya quedado impregnado en el viejo Camp Nou y que luego se haya renovado con la reciente visita del mejor azulgrana de todos los tiempos, con Kubala y con Cruyff y, ahora, con Lamine Yamal. Seguir leyendo….

Es posible que el espíritu de Lionel Messi se haya quedado impregnado en el viejo Camp Nou y que luego se haya renovado con la reciente visita del mejor azulgrana de todos los tiempos, con Kubala y con Cruyff y, ahora, con Lamine Yamal.

Lo que es seguro es que el futbolista que hizo del Barça una maravilla mejor fue invocado en el nuevo nuevo Camp Nou por un gentío que fue allí a ver ganar y a celebrar, por dentro y por fuera, la emoción de haber renovado su alegría.

Fue como la interpretación azulgrana del don de la alegría, que solo se tiene en el fútbol cuando el equipo gana con inteligencia, con brío y con calidad. En este caso, contra un contrincante francamente bueno que esta vez, como si sucumbiera a una maldición, se abandonó en el minuto cuatro, cuando Lewandowski (Oh mi capitán) marcó un gol diseñado para que futbolista y jugada pasaran a la historia del nuevo campo del Barcelona.

No fue tan solo un gol, naturalmente, sino que fue, sobre todo, la certificación de que al equipo no sólo han vuelto algunas de sus figuras grandes (como el portero, que es superior a sus antecesores, o como Raphinha, al que se olía venir desde la grada) sino que, además, la figura que parecía en barbecho, Fermín, hizo lo que le dio la gana con la calidad que lo acompaña.

Un reestreno mayor

Casi cincuenta mil personas, para empezar, nutrieron al nuevo Camp Nou de un entusiasmo que parecía el estreno de un regalo mayor, y que quizá, vuelvo a decirlo, respondía a lo que significa para los astros esa visita nocturna de aquel muchacho que una vez vino a Barcelona para mejorar su estatura y terminó siendo la estatura mayor del Barça contemporáneo.

Fue la presencia de un Barcelona contento la que salió al campo, y fue el Barça feliz de Fermín y de Lamine y de Ferran el que siguió a aquel trueno tranquilo, y perfecto, que fue el gol de Lewandowski, despedido al final como si fuera un muchacho que le había dado a la grada, desde aquel gol, la sensación de que estaba allí para seguir asombrándonos con las maravillas de su edad.

Hizo de capitán (Oh mi capitán), pero ya lo era. Ha tenido épocas menos más aguadas, pero ahora parece que tiene un pacto con la calidad que ya tuvo. Ha atraído de nuevo a su lado la capacidad de ganar y ayer tarde como el Camp Nou, cuyo visitante más ilustre, Lionel Messi, debía estar inspirándolo desde una tribuna en la que no estaba, necesariamente, Joan Laporta.

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