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El Barça bajo el franquismo: resistencia, resiliencia, perseverancia

La metáfora de la larga noche ha sido utilizada recurrentemente para calificar el franquismo. Pocas instituciones pueden recurrir a ella con mayores argumentos que el Futbol Club Barcelona. El Barça estaba ampliamente avisado de lo que podría pasar si ganaban los nacionales en la guerra civil. Al fin y al cabo, los sublevados habían fusilado a su presidente, Josep Suñol i…

La metáfora de la larga noche ha sido utilizada recurrentemente para calificar el franquismo. Pocas instituciones pueden recurrir a ella con mayores argumentos que el Futbol Club Barcelona. El Barça estaba ampliamente avisado de lo que podría pasar si ganaban los nacionales en la guerra civil. Al fin y al cabo, los sublevados habían fusilado a su presidente, Josep Suñol i Garriga, en las primeras semanas de la guerra civil. Desde tiempos de Gamper y la dictadura de Primo de Rivera, el gran embajador deportivo de la catalanidad pasaba por ser, a ojos totalitarios, un ‘nido de separatistas’, refugio de cuanto odiaban los sublevados.

Durante la contienda, el equipo blaugrana se convirtió en referente republicano con la gira por México y Estados Unidos de verano del 37. A instancias del presidente mexicano Lázaro Cárdenas, único aliado fiel de la II República en peligro, aquel conjunto blaugrana que aún daba a su presidente, Josep Suñol, por desaparecido y sorteaba los vaivenes y precariedades de la guerra en un continuo funambulismo, halló la fórmula mágica para asegurar su continuidad cuando estallara la paz. Los 15.000 dólares netos ganados en la larga excursión enjugaron el déficit y dejaron una estupenda hucha para reemprender camino así que arrancara la postguerra. Suerte de Cárdenas y los mexicanos, decisivos aliados con los que el barcelonismo sigue en deuda 88 años después.

El cambio de de nombre

A finales de enero, la entrada de los nacionales por la Diagonal y Collserola no auguraba la tremenda tarea de depuración que emprenderían acto seguido. Al Barça le quisieron cambiar el nombre por el de España, ocurrencia del semanario ‘Marca’ y que escarmentara sus pecados vistiendo de rojo y gualda. Por suerte para ellos, evitándose así un ridículo, algún gerifalte militar desechó la idea: Eran también los colores de la prohibida ‘senyera’.

Inauguración del monumento en Les Corts los caídos del bando franquista en la Guerra Civil.

Inauguración del monumento en Les Corts los caídos del bando franquista en la Guerra Civil. / Archivo

Empezó la represión: Prohibidos los nombres extranjerizantes en el fútbol. Por lo tanto, Club de Futbol Barcelona. La entidad quedó prácticamente secuestrada durante siete largos años, cuando se sucedían militares y catalanes de Burgos, afectos al régimen, con el único encargo que vigilar al sospechoso. Quedaba avisado, al primer desmán, se procedería a su disolución. El equipo, futbolísticamente hablando, había quedado hecho unos zorros y se procedió a una lenta reconstrucción. Volvieron del exilio Balmanya, Escolà y Raich, castigados durante año y medio por su desafección. Mariano Martín metía los goles como un ariete tanque y se empezaba a ver que César Rodríguez, el amado ‘Pelucas’, sería líder en la autárquica década de los 40, marcada por el aislamiento, la miseria y las cartillas de racionamiento.

Encerrona en Chamartín

En una semana de margen, ya en 1942, el Barcelona se libró de bajar a Segunda en promoción ante el Murcia y ganaría la Copa ante el Atlético de Bilbao, nada de Athletic Club. Meses más tarde llegaría un tremendo recordatorio sobre quién había ganado la guerra con la humillación más ignominiosa que haya vivido lo blaugrana en 125 años de existencia, aquella encerrona en Chamartín, vuelta de eliminatoria copera, saldada con un 11-1 para recordar que el régimen no estaba dispuesto a tolerarles nada. La propaganda nacional se había encargado de calentar el encuentro sin que registraran incidentes en el 3-0 de la ida. Pero no podía ser, ya saben, no sabían los catalanes con quién estaban hablando, arrogante fórmula muy usada en aquellos tiempos en la relación entre vencedores y vencidos.

Al Barça le quisieron cambiar el nombre por el de España, ocurrencia del semanario ‘Marca’ y que escarmentara sus pecados vistiendo de rojo y gualda

Poco a poco, Les Corts se convierte en el último refugio de la identidad destrozada. El formidable activismo de su masa social en los años 20 del pasado siglo se trocó en resistencia, resiliencia, perseverancia. La cabeza gacha, pero seguimos aquí. El campo del Barcelona era el único lugar público donde el franquismo toleraba hablar la lengua nativa. Y siempre, el miedo, el pavor a pisar huevos, a significarse, a provocar la ira de los ganadores.

El estadio de Les Corts

El estadio de Les Corts / ARCHIVO

La llegada de Kubala

Con Samitier en el banquillo, el Barça vuelve a ganar la Liga y repetirá más tarde con el uruguayo Enrique Fernández. Tiene un gran equipo, sin duda, basado en futbolistas de la tierra y algunos añadidos de postín. Así se alcanza el primer título continental, la Copa Latina, y el seguimiento popular se dispara de modo exponencial. Las sucesivas ampliaciones del viejo campo no dan para más, justo cuando aparece en escena el mito que abrirá la era moderna de la institución. El director técnico Samitier se lo birla al Real Madrid proponiéndole una jugada maestra, que su cuñado Ferdinand Daucik sea el técnico, su entrenador. Y Lázsló Kubala firma por el Barça. Al principio, la propaganda le presenta como un prófugo del comunismo que ha escogido la libertad de Franco, que ya son ganas de manipular. Con Kubala a bordo y nacionalizado español, el once se convierte en imbatible, una máquina de ganar. Y llegan las Cinco Copas, que encandilan incluso a los representantes de la dictadura en Barcelona, enamorados del húngaro y su técnica simpar.

El campo del Barcelona era el único lugar público donde el franquismo toleraba hablar la lengua nativa

Cuando el Barça gana la Latina al Niza en París, el regreso se transforma en triunfal. Pese a la censura de prensa, que no da ninguna cifra, la resistencia interna calcula que un millón de personas han salido a la calle, desde la frontera a la capital. Por fin, una alegría 13 años después de la derrota, una manifestación popular disfrazada de jolgorio futbolístico para no levantar sospechas. En Madrid sigue al frente del deporte español el general José Moscardó, hombre de total confianza de Franco y conocido como el héroe del Alcázar de Toledo por la resistencia mostrada ante el Ejército republicano. Desde el primer momento, quisieron emular a Mussolini y Hitler cuando aprovechaban los éxitos deportivos para proyectar una impoluta imagen de su régimen. ‘Il Duce’ lo hizo con el Mundial’34 de fútbol y el Führer copió la estrategia con los Juegos Olímpicos de Berlín en el 36. En España hubo alguna intentona con el Atlético Aviación, nueva denominación del Atlético madrileño, pero la aventura resultó breve. Hay que crear un estadio nacional y debe ser erigido remodelando Chamartín, vetusto nombre del actual Bernabéu.

Tanta victoria azulgrana mosquea a los que mandan y Kubala pasa de mimado y protegido a pieza mayor de caza por abatir. Contrae una tuberculosis que pone en duda su continuidad deportiva. Vaya, menudo contratiempo, ahora que íbamos tan bien, exclaman los culés en tono victimista. Samitier prepara el relevo por si acaso y convence a Di Stéfano para que fiche por el Barça en verano del 53. Kubala se recupera milagrosamente y la pareja hace soñar al barcelonismo. Además, se han convertido en íntimos amigos. Pero no, el régimen considera que hasta aquí hemos llegado en la tolerancia hacia los eternos disidentes. El caso da para una enciclopedia de aquellas que ocupaban un estante de biblioteca y el Barça, presidido por Martí Carretó, comete también algún error de bulto. Total, Di Stéfano al Madrid y prohibición de hablar sobre el tema en prensa y radio, tierra sobre las amenazas a Carretó y giro radical en la historia. A partir de ahora, el cuadro blanco se convierte en el primer club-estado de la historia y la hegemonía nacional e internacional pasa al centro del estado.

El Barça de les cinc copes, en los 50

El Barça de les cinc copes, en los 50 / Archivo

Antes, durante la égida de Montal Galobart en la presidencia, el Barça ha vivido una ligera apertura, mínimo carácter democrático y de recuperación de las esencias perdidas por prohibición. Montal padre acomete la compra de nuevos terrenos porque en Les Corts no cabe ya ni un alfiler. Y sólo faltaba Kubala. Durante su mandato se recuperan las cuatro barras del escudo, antes capadas a dos, y el club vive una esperanzada confianza en el futuro deportivo, dinamitada años después con el ‘caso Di Stéfano’. A lo largo de la década de los 50, el fútbol español sólo sabe del hegemónico Madrid y de los intentos blaugranas para confeccionar una plantilla de altísimos vuelos que pueda derrotarles, ahora que, además, endulzan la siniestra imagen del franquismo gracias a sus éxitos en la recién creada Copa de Europa. El Barça de Miró-Sans, falangista que no consigue favor alguno en Madrid, acomete la creación del Camp Nou, un mastodonte que significará la ruina económica de la entidad, prácticamente en quiebra cuando Helenio Herrera gana las dos últimas Ligas de los 50 gracias a sus revolucionarios métodos.

La ‘travesía del desierto’

La derrota en la final de los palos cuadrados de Berna’61 significa un antes y después, un dramático cierre de época. Por el camino han tenido que eliminar al Madrid, ganador del torneo en cinco ocasiones consecutivas, y el diario ‘Pueblo’ traicionado por el subconsciente, titula ‘El Barcelona elimina a España de la Copa de Europa’. El fiasco en Suiza hace que todo se desmorone como un castillo de naipes: Luisito Suárez, el líder del futuro, es traspasado al Inter en la peor decisión deportiva de la historia del club, aún hoy no superada, y las viejas glorias ya no dan para más, la edad les vence. Empieza la llamada ‘travesía del desierto’, la de los14 años sin una Liga.

Durante el mandato de Montal se recuperan las cuatro barras del escudo, antes capadas a dos, y el club vive una esperanzada confianza en el futuro deportivo,

En los grises 60, mientras el mundo contempla todo tipo de revoluciones, el Barcelona entra en estado depresivo, cultivando ese victimismo y fatalismo que, por desgracia, se convirtieron en señas de identidad casi crónicas. Aparecen en escena otras sospechas, otros aliados y tras los Gardeazábal o Zariquiegui vestidos de negro y silbato en ristre, la bestia parda del arbitraje se llama Ortiz de Mendíbil. Siempre que pita, gana el Madrid por vaya a saber qué extrañas circunstancias, pero bajo dictadura, más vale no elevar la voz.

El árbitro Ortiz de Mendivil

El árbitro Ortiz de Mendíbil / Archivo

El barcelonismo tiene muy claro que – en frase que pronunció Núñez en democracia y ha hecho reciente fortuna- siempre sale el 36 en la ruleta. El número que favorece al pilar emocional de cierta idea del estado, al mejor embajador de la España de Franco, según frase perpetrada por Fernando de Castiella, ministro de exteriores. Las barrabasadas de Ortíz de Mendíbil las acaba pagando Guruceta, símbolo de justicia parcialísima para la eternidad tras equivocarse de nuevo y gravemente a favor del poderoso.

No hay manera durante una larga ristra de años. La economía del club tarda largo tiempo en recuperarse y los distintos presidentes son incapaces de forjar proyectos triunfadores porque todo debe ser aquí y ahora, hay que ganar ya y nadie da con la tecla. Emerge Manuel Vázquez Montalbán, el mejor teórico en la historia del Barça, capaz de componer una sinfonía de definiciones y metáforas sobre el llamado ‘més que un club’. Le llama el ‘ejército simbólico de Catalunya’ y a fe que lo es porque cada victoria cuesta sangre, sudor y lágrimas.

El club ya con Montal Costa en el palco, rodeado por gente catalanista, denuncia el turbio asunto de los pasaportes falsificados en los futbolistas oriundos y planta un poco de cara al tardofranquismo, consciente ya que el dictador no puede resultar eterno, por mucho que le hayan soportado tantísimo tiempo. El Barça también presiona para que se abran las fronteras a los jugadores foráneos y aparece en El Prat Johan Cruyff, el holandés volador, un palomo que simbólicamente anuncia la inminente llegada de la democracia. Por fin. Aquel 0-5 en el Santiago Bernabéu significó tanto, tantísimo, para la generación que lo vivió que resulta casi imposible traducirlo en palabras. Una fuerza simbólica tremenda, aquella Liga coronada con Hugo ‘Cholo’ Sotil llamando a su señora madre desde El Molinón mientras grita ‘¡Mamita, campeonamos!’.

Llegada de Johan Cruyff a EL Prat

Llegada de Johan Cruyff a EL Prat / Archivo

Y el resto, el medio siglo transcurrido ya queda reciente en nuestra memoria, a pesar de que en tantas y tantas ocasiones lleguemos a pensar que la transición no llegó al fútbol, territorio, y no fue el único, donde prevalece la maldición del ‘atado y bien atado’ legada por el dictador en su ocaso. El fútbol vive hoy la eterna guerra simbólica entre superpotencias que arrancó en 1953 con Di Stéfano como protagonista a su pesar. Y en los conflictos, el primero que desaparece es la verdad, sacrificada por la propaganda y el revisionismo blanco, poderosa arma empecinada en negar la evidencia acumulada desde que se convirtió en club estado, hace ya siete largas décadas, y relevó al Español como auténtico rival deportivo del Barça porque estos tienen mucho poder y ningún reparo en utilitzarlo a cada encuentro.

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