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Con el ordenador bajo el brazo
Terminó el partido, cerré la crónica, el uno a uno, la ficha técnica, los resultados y las clasificaciones, repasé la yuxta y pasé las páginas a los de cierre. Pasaban las 12 de la noche y unos amigos me esperaban. En esos momentos, cuando apenas queda nadie –algún técnico recogiendo cables, los suplentes cumpliendo órdenes en el césped, los operarios iniciando…

Terminó el partido, cerré la crónica, el uno a uno, la ficha técnica, los resultados y las clasificaciones, repasé la yuxta y pasé las páginas a los de cierre. Pasaban las 12 de la noche y unos amigos me esperaban. En esos momentos, cuando apenas queda nadie –algún técnico recogiendo cables, los suplentes cumpliendo órdenes en el césped, los operarios iniciando la limpieza con desgana–, los estadios desprenden un aroma pacífico, a parque de atracciones abandonado. De algo que sirvió para pasarlo bien. De algo similar, al mismo tiempo, al final de una batalla o a los restos de un naufragio. Me gustan las huellas débiles de todos esos ‘algos’.
Cerré el portátil, bajé las escaleras y salí. Ya he dicho que me esperaban y los bares cierran pronto. Como aún tenía que programar un par de piezas para la web y subir a casa elevaba las probabilidades de que me atacara la vagancia, y me quedara en la cama, dejé el coche en el parking y salí a la calle con el ordenador bajo el brazo. Buen propósito: luego no funcionaba el control remoto y no pude programar nada hasta que volví a casa.
Pero el tema no es ese. El tema es que a mitad de la noche cambiamos de local. Ya solo quedábamos dos: mi amigo se quedó en la puerta fumando y yo entré a pedir algo. Había bastante gente, pero enseguida vi que había captado la atención del dueño. Me sirvió una copa y me atendió con extrema amabilidad. Me ofreció unas golosinas, me dio conversación y luego entró mi amigo y aquello fue a más: nos invitaron a chupitos y a una cata de rones. Hasta bajaron la persiana, en petit comité, y nos quedamos ahí durante un rato, como en casa.
En un momento dado, el dueño confesó: al verme llegar con el ordenador pensó que había ido a medir decibelios, que era un inspector del ruido. Dije que no, que venía de trabajar, pero no debí sonar muy convincente. Por eso estuvo tan atento, no por mi encanto natural y sugerente. Juraría que el hombre aún piensa que en cualquier momento puede llegarle una multa.
A mí todo esto me hizo pensar. A partir de ahora, quizá deba salir siempre con el ordenador bajo el brazo. La gente te trata mejor si vas con un ordenador bajo el brazo. Cabe apuntar que encima lo llevo sin funda ni maletín, por la misma razón por la que iba sin paraguas al instituto, porque soy un guay (o un idiota). Entiendo la lógica confusión del propietario. Entendí también, sobre todo, las ventajas de simular ser lo que uno no es. Un camino fácil, de entrada, en el mundo de las apariencias. Solo si alguien se detiene, rasca un poco la superficie y difumina los filtros, descubre lo real. Y lo real suele ser una estafa.
Pero mientras, la vida pasa.
Lo explicaré mejor, creo, con el mercado de fichajes. En el fútbol es habitual simular algo que no eres para triunfar. Todos los fichajes que no tienes parecen buenos el 31 de agosto. Después, a menudo ocurre que ese delantero no era para tanto. Quizá solo lo habías idealizado. Quizá tu juicio era débil porque estabas necesitado. Quizá solo llevaba un Mac bajo el brazo.
Como dicen Vecinos, en su canción ‘Carlos Baute’: «‘Sus ojos azules aguardaban un ciclón de emociones que invitaban a dejarse llevar por la marea’». Ellos mismos responden: «Quién te ha escrito esta mierda. Si te lleva la marea te mueres».
Si te lleva la marea te mueres.
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