El Mundo
Birmania, el agujero negro de las estafas telefónicas
Wang Xing, un animoso actor treintañero, voló desde Shanghái a Bangkok para atender un casting que había visto en internet. Desde el aeropuerto fue conducido hasta un complejo de Myawaddy, cruzada ya la frontera birmana. En el primer edificio, reservado a los recién llegados, le raparon la cabeza. En el segundo fue entrenado en complejas estafas telefónicas a chinos. El tercero era el…

Wang Xing, un animoso actor treintañero, voló desde Shanghái a Bangkok para atender un casting que había visto en internet. Desde el aeropuerto fue conducido hasta un complejo de Myawaddy, cruzada ya la frontera birmana. En el primer edificio, reservado a los recién llegados, le raparon la cabeza. En el segundo fue entrenado en complejas estafas telefónicas a chinos. El tercero era el lugar de trabajo para los ya formados. Wang explicó su terrorífica experiencia tras ser liberado.
Ese rápido desenlace feliz es extraño. Ocurre que la novia de Wang, hastiada de la burocracia diplomática, pidió ayuda en Weibo (el twitter chino) y su mensaje fue reenviado por célebres actores hasta convertir su desaparición en lo más leído del día. Emergieron suficientes casos similares para certificar la tendencia, pronto se desató la alarma entre la población china, las cancelaciones de vuelos se multiplicaron y Tailandia, que cuadra las cuentas anuales con el turismo, se puso manos a la obra. Decenas de miles compatriotas de Wang no han sido tan afortunados.
Una decena de asesinatos
Esta semana han sido condenados a muerte 11 miembros del clan Ming en un tribunal de la provincia de Zhejiang por un variado menú delincuencial que incluye el juego ilegal, el fraude por internet y el asesinato de una decena de sus trabajadores esclavizados, por hacer la lista corta. Las fotografías de la lectura de la sentencia muestra apreturas en el banco de acusados. Otros cinco recibieron la condena de muerte con dos años de suspensión, la fórmula habitual para conmutarla por cadena perpetua, y la docena restante fue sentenciada a penas de entre cinco y doce años. El clan está asociado a una célebre villa en Kokang, una región fronteriza sinobirmana, que acogió a 10.000 personas en su auge, según la televisión pública china.
Los Ming son una de las llamadas “cuatro familias” o sindicatos del crimen que operan desde las montañas birmanas: ciberestafas, prostitución, drogas… Laukkaing, la capital de Kokang y epicentro de la industria, ha levantado lujosos casinos donde había caminos arenosos y pedregales. Las mafias necesitan una abundante mano de obra gratis. Muchos son víctimas del tráfico de personas. Otros llegan con promesas laborales bien remuneradas, un ardid tan viejo como eficaz, en el que también caen personas con educación universitaria e inglés fluido, un perfil idóneo para ampliar el radio de acción. China es el mercado principal pero también han sido desplumados estadounidenses y europeos con alambicados romances en las redes.
El personal está obligado a sentarse frente a los ordenadores durante 16 horas diarias para perpetrar sus engaños, confiscados ya sus pasaportes y sin abandonar los edificios donde estafan y duermen. A los reacios se les persuade con palizas, electroshocks o hambre. Los liberados han descrito tácticas similares con los que no alcanzan las cuotas mínimas. Sólo son liberados si pagan cuantiosos rescates o traen sustitutos a su puesto de trabajo.
Un negocio de 43.000 millones de dólares
Diferentes indicios apuntan al volumen elefantiásico del sector. La policía liberó a 7.000 personas de edificios sellados en febrero. Fue uno de los mayores rescates de trabajadores forzados de la Historia moderna en el mundo y exigió la colaboración de agentes de China, Birmania y Tailandia. La mitad de los liberados eran chinos y el resto llegaban de países tan dispares como Filipinas, Egipto o Brasil. Son una gota en el océano. El Instituto de la Paz, una organización estadounidense, calcula que 300.000 personas se esfuerzan en el sudeste asiático en robarle los ahorros a incautos de todo el mundo. El latrocinio anual alcanza ya los 43 mil millones de dólares, según la misma organización.
La droga y la prostitución nutrían las arcas de las mafias cuando los encierros de la pandemia recomendaron explorar otras vías. Las estafas a distancia parecían la solución ideal y Birmania es un ecosistema fértil para la infraestructura criminal. El país es un desastre tras cuatro años de guerra civil. La Junta Militar golpista controla la mitad del territorio; la otra está en manos de un mosaico de ejércitos étnicos y señores de la guerra con necesidades financieras. Es una relación simbiótica perfecta: fondos a cambio de protección.
Tampoco la Junta se ha esforzado tanto como a Pekín le gustaría: al fin y al cabo, son chinos la mayoría de los esclavizados y timados. Su presión aumentó en cuanto se supo que diez chinos habían muerto a tiros durante un traslado. También Tailandia aprieta con campañas policiales e incluso ha cortado en varias ocasiones el suministro de luz, internet y gas a las ciudades birmanas del otro lado de la frontera. En vano: los grandes complejos cuentan con generadores de reserva y proveedores alternativos de internet.
No se atisba el fin. Las operaciones policiales como la que sirvió para detener a los Ming solo han empujado los centros al interior del país. La tecnología confabula con las mafias: las criptomonedas facilitan el lavado de dinero y con fuertes inversiones en Inteligencia Artificial perfeccionan sus engaños. Las suplantaciones de imagen, voz y género rozan la ya perfección. La escultural danesa que te pide un préstamo urgente como prueba de tu amor es posiblemente un chino esclavizado en un húmedo y tórrido cuarto en una ignota ciudad birmana.
